Una interpretación de los archivos Epstein, a la luz de la obra del marqués de Sade.

Holbein Giraldo Paredes. Docente investigador. Universidad del Valle seccional Palmira y Universidad Libre seccional Cali. Holbein Giraldo Paredes. Docente investigador. Universidad del Valle seccional Palmira y Universidad Libre seccional Cali.
Holbein Giraldo Paredes. Docente investigador. Universidad del Valle seccional Palmira y Universidad Libre seccional Cali.
Holbein Giraldo Paredes. Docente investigador. Universidad del Valle seccional Palmira y Universidad Libre seccional Cali.

He sido un lector atento de la obra de Sade, y me queda claro, la estrecha relación del poder y la transgresión de la moral. La figura de Donatien Alphonse François de Sade, el Marqués de Sade, ha permanecido como el símbolo máximo de la depravación intelectualizada, un hombre que teorizó sobre el derecho del “fuerte” a devorar al “débil”. Sin embargo, la apertura de los archivos relacionados con Jeffrey Epstein ha trasladado esa filosofía de la alcoba literaria, a la realidad institucionalizada, revelando que el “sadismo” no es solo una parafilia, sino una estructura de poder.

Para entender el fenómeno Epstein, primero debemos mirar el espejo deformado que nos ofreció Sade, en obras como Los 120 días de Sodoma, Sade no solo describe actos de crueldad; describe un sistema. Sus protagonistas son cuatro aristócratas (un duque, un obispo, un juez y un banquero) que se encierran en un castillo para ejercer violencia absoluta sobre jóvenes secuestrados. Esta elección de personajes no es casual: representa los pilares de la sociedad.

Ese “caso extremo” es el que resuena en las listas de vuelos del Lolita Express. Lo que Sade propuso como una utopía negra de la aristocracia, Epstein lo ejecutó como una red de influencia transnacional. La conexión no es solo la explotación sexual, sino la creencia arraigada de que, a cierta altura de la pirámide socioeconómica, las leyes de la moralidad común dejan de aplicarse.

Los archivos de Epstein, desclasificados en diversas etapas por tribunales de Nueva York, han funcionado como una “autopsia de la élite”. A diferencia de la ficción de Sade, donde el aislamiento era físico (un castillo en la Selva Negra), el aislamiento de Epstein era sistémico. Se rodeó de científicos, políticos y figuras culturales, utilizando el intelecto y el prestigio como una capa de invisibilidad.

La “pedagogía” de Epstein, si es que se puede llamar así, recuerda a los discursos de los libertinos de Sade, quienes justificaban sus actos mediante una interpretación perversa de la naturaleza. Sade argumentaba que la naturaleza es inherentemente violenta y destructiva, y que el hombre superior debe imitarla. En los archivos de Epstein, vemos una versión moderna de esto: el uso de la filantropía y el capital como herramientas para comprar el silencio y la complicidad, creando un ecosistema donde el abuso era un “secreto a voces” validado por la proximidad al poder.

En Justine o los infortunios de la virtud, Sade presenta la tesis de que la virtud es castigada mientras el vicio prospera. Esta visión cínica encuentra un eco doloroso en los testimonios de las sobrevivientes de Epstein, como Virginia Giuffre o Maria Farmer. Durante décadas, el sistema judicial y los círculos sociales protegieron al victimario mientras las víctimas eran ignoradas o coaccionadas.

En el caso de Epstein, el poder se ejercía a través de la red. No se trataba solo de un hombre, sino de una infraestructura. Los archivos revelan correos, transferencias bancarias y registros de visitas que implican a instituciones que, por omisión o beneficio, permitieron que el “castillo de Sade” se mantuviera abierto en pleno Manhattan y en las Islas Vírgenes.

¿Por qué figuras de altísimo nivel se arriesgarían a vincularse con alguien como Epstein? La respuesta podría estar en la propia psicología del libertinaje sadeano. La transgresión compartida crea un vínculo de lealtad indestructible: el chantaje. En las obras de Sade, el crimen común une a los libertinos. En la realidad de los archivos de Epstein, la sospecha de grabaciones ocultas y la participación en orgías organizadas funcionan como el pegamento de una fraternidad oscura.

La desclasificación de estos archivos ha roto ese círculo de silencio, pero también ha generado una saturación de información que, paradójicamente, puede llevar a la apatía. Los lectores de Sade, a menudo nos desensibilizamos ante la repetición de horrores en sus páginas, el público actual corre el riesgo de ver los nombres en los archivos de Epstein como una lista de celebridades más, olvidando la tragedia humana y el fallo sistémico que representan.

Sade murió en un manicomio, intentando convencer al mundo de que sus fantasías eran la verdad última de la condición humana. Epstein murió en una celda (en circunstancias que alimentan infinitas teorías), dejando tras de sí un rastro de documentos que demuestran que esas fantasías, cuando se combinan con el capital global, pueden materializarse de forma devastadora.

La lección que extraemos de comparar los archivos de Epstein con la literatura de Sade es que la impunidad no es un error del sistema, sino una característica de ciertos niveles de poder que se consideran “más allá del bien y del mal”. Mientras no se desmantele la estructura que permite que estos “castillos” existan, seguiremos leyendo la misma historia: una donde el fuerte devora al débil, y donde el único pecado real es ser descubierto.

Una nota de cristal de: Holbein Giraldo Paredes. Docente investigador. Universidad del Valle seccional Palmira y Universidad Libre seccional Cali.}

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