
La madrugada del 3 de enero de 2026 marcó un quiebre en la historia de Venezuela. Explosiones sacudieron Caracas y otras ciudades, mientras Estados Unidos desplegaba más de 150 aeronaves en una operación militar que culminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Donald Trump, desde Mar-a-Lago, celebró lo que llamó un “golpe cuidadosamente planeado” y anunció que Venezuela había sido “liberada”.
Pero, ¿de verdad fue liberación? Maduro es, sin duda, un dictador que durante años violentó los derechos humanos, condenando a millones de venezolanos a la pobreza y al exilio. Su captura no borra las prácticas autoritarias que marcaron su régimen. Sin embargo, lo que Estados Unidos presentó como emancipación revela otra cara: la imposición de la ley del más fuerte.
Trump no habló de democracia ni de transición política. Habló de control, de permanencia en Venezuela, de asegurar recursos estratégicos como el petróleo. Su discurso, lejos de proponer un camino hacia instituciones libres y soberanas, mostró la intención de sustituir un autoritarismo por otro. Maduro y Trump, aunque enemigos declarados, comparten la misma lógica: gobernar desde la fuerza, imponer su voluntad y apropiarse de lo que no les pertenece.
La negociación con la vicepresidenta del régimen venezolano es la prueba más clara de esta contradicción. Si el objetivo fuera la democracia, ¿por qué no plantear una transición pactada del poder, con garantías para el pueblo y elecciones libres? Lo que se ofrece hoy es dependencia, tutela extranjera y un futuro hipotecado a intereses geopolíticos ajenos.
La libertad no se mide en bombardeos ni en discursos triunfalistas. Se mide en hechos: en justicia, en soberanía, en voz para los ciudadanos. Y los hechos muestran que el pueblo venezolano sigue sin poder decidir su destino. Lo que se presenta como ayuda es, en realidad, un mecanismo de control y saqueo de recursos naturales.
Venezuela no necesita un nuevo amo disfrazado de libertador. Necesita recuperar su soberanía, construir instituciones democráticas y garantizar que nunca más un dictador —sea local o extranjero— decida por encima de su pueblo.
Una nota de cristal de: Alejandro Nieto Loaiza, Dr. Revista Juventud.
Aviso de responsabilidad
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del columnista y no reflejan necesariamente el pensamiento de Revista Juventud. Revista Juventud se exime de cualquier responsabilidad por los puntos de vista presentados en este contenido.
Notas De Cristal Para Una Generación En Construcción
