
Ser hombre en el siglo XXI implica enfrentar una paradoja: mientras la sociedad avanza hacia la igualdad de género, los hombres cargan con un peso invisible que pocas veces se reconoce. La masculinidad tradicional, definida por la fortaleza, la autosuficiencia y la capacidad de proveer, se ha convertido en una camisa de fuerza que limita la expresión emocional y genera un silencioso sufrimiento. Raewyn Connell, en su teoría sobre la “masculinidad hegemónica”, explica cómo los modelos dominantes de ser hombre imponen expectativas rígidas que terminan marginando a quienes no encajan en ellas. Esta presión se traduce en un costo emocional que rara vez se visibiliza.
Las cifras sobre salud mental son alarmantes. Entre enero y junio de 2025, el Instituto Nacional de Medicina Legal reportó 1.352 suicidios en Colombia: 1.085 fueron hombres y 267 mujeres, es decir, más del 80% de los casos. Este patrón refleja una tendencia global: la Organización Mundial de la Salud ha señalado que los hombres tienen tasas de suicidio hasta tres veces más altas que las mujeres. El psicólogo Michael Addis, en su obra Invisible Men, sostiene que los hombres suelen evitar pedir ayuda porque hacerlo se percibe como una amenaza a su identidad masculina. Esta resistencia a mostrar vulnerabilidad se convierte en un factor de riesgo que explica, en parte, la disparidad en las cifras.
El feminismo, por su parte, ha sido una lucha justa y necesaria que ha permitido avances fundamentales en equidad y derechos. Sin embargo, algunas corrientes radicales han planteado discursos que tienden a polarizar, presentando al hombre como el enemigo a vencer. Autores como Christina Hoff Sommers han advertido que, cuando el feminismo se convierte en una narrativa de confrontación, se corre el riesgo de invisibilizar los problemas reales que enfrentan los hombres. Esto no significa negar la importancia del feminismo, sino reconocer que la igualdad requiere también liberar a los hombres de los mandatos que los aprisionan.
La pregunta que emerge es si debemos reescribir lo que significa ser hombre. Judith Butler, al hablar de la performatividad de género, sugiere que las identidades no son estáticas, sino construcciones sociales que pueden transformarse. Bajo esa lógica, la masculinidad no debería ser un manual de instrucciones impuesto, sino un espacio de libertad donde los hombres puedan ser sensibles, pedir ayuda, compartir responsabilidades y construir relaciones basadas en respeto mutuo. Replantear la masculinidad no es un ataque a la tradición, sino una oportunidad de justicia social que beneficia a todos.
La crisis de la masculinidad está directamente vinculada con la salud mental y con la alarmante tasa de suicidios en hombres. Reconocerlo no significa negar los avances del feminismo, sino aceptar que la igualdad requiere también atender las cargas invisibles que pesan sobre los hombres. Reescribir la masculinidad es, en última instancia, un acto de responsabilidad colectiva: liberar a los hombres de expectativas imposibles y abrirles la puerta a una vida más plena, más humana y más justa.
Una nota de cristal de: Alejandro Nieto Loaiza, Dir. Revista Juventud.
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