
En el vasto y a veces incomprendido ecosistema de las subculturas digitales, pocos fenómenos han despertado tanta perplejidad y debate como la comunidad Therian. Los therians no ven su identidad como un disfraz o un pasatiempo recreativo, sino como una realidad ontológica: la convicción interna de ser, en algún nivel no biológico, un animal no humano.
Si bien la mirada superficial tiende a patologizar este comportamiento o a reducirlo a una “moda de TikTok”, un análisis crítico más profundo revela una conexión fascinante con una de las formas más antiguas de organización humana: el totemismo. Lo que hoy vemos a través de pantallas de retina y algoritmos podría no ser más que el eco moderno de una necesidad espiritual que nos ha acompañado desde las cavernas.
La Identidad como Atavismo
El corazón de la “theriantropía” moderna reside en el concepto del theriotipo, el animal específico con el que el individuo se identifica. Para un observador externo, ver a un joven practicando “quadrobics” (correr a cuatro patas) con una máscara Luna expresión de su physis interna.
Esta premisa resuena con fuerza con las tesis de Claude Lévi-Strauss en El totemismo en la actualidad. Lévi-Strauss argumentaba que el tótem no era simplemente un objeto de adoración, sino un método de clasificación: “Los animales son buenos para pensar”. En el totemismo clásico, el clan no solo respetaba al animal; era el animal en un sentido simbólico y social que definía su lugar en el cosmos.
La diferencia fundamental radica en que, mientras el totemismo ancestral era una identidad colectiva y socialmente sancionada, el movimiento Therian es una identidad individualista y atomizada. En la antigüedad, ser del “clan del lobo” te integraba en la sociedad; hoy, identificarse como un lobo a menudo te marginaliza de ella.
El Desplazamiento de lo Sagrado
Es imposible analizar a los therians sin citar a Émile Durkheim. En Las formas elementales de la vida religiosa, Durkheim postulaba que el tótem es la bandera del grupo, una representación de la fuerza social que trasciende al individuo. “El tótem es el nombre del clan, pero es también el emblema detrás del cual el grupo se reconoce”. Émile Durkheim.
En la era de la hiper-individualidad, este “emblema” se ha desplazado del grupo al yo. El therian moderno busca en la naturaleza no una conexión con su tribu humana, sino un refugio frente a la alienación de la modernidad tecnológica. Es, en esencia, un totemismo de la soledad. Al no encontrar significado en las estructuras rígidas de la vida urbana y capitalista, el individuo busca su esencia en una pureza animal que considera más honesta que la construcción social del “ciudadano”.
Crítica a la “Identidad a la Carta”
Desde una perspectiva crítica, surge la pregunta: ¿Es la theriantropía una forma legítima de espiritualidad o un síntoma de la “sociedad del espectáculo”? Guy Debord advertía que, en un mundo donde la imagen lo es todo, las experiencias vividas son reemplazadas por representaciones.
Hay un riesgo evidente en la mercantilización de esta identidad. El auge de la venta de colas, máscaras y accesorios sugiere que incluso la búsqueda del “animal interior” puede ser absorbida por el mercado. Si el totemismo original era un pacto de respeto con el ecosistema, el fenómeno therian corre el riesgo de convertirse en una estética del consumo si no se ancla en una reflexión profunda sobre la alteridad.
Sin embargo, reducirlo a un capricho adolescente es ignorar la persistencia de lo que Carl Jung llamaría el “animal interior”. Jung sostenía que el ser humano nunca ha dejado de ser animal, y que la represión de este instinto conduce a la neurosis. La subcultura therian podría ser un mecanismo de defensa psíquica; un intento desesperado por reintegrar la parte de nuestra psique que la civilización nos obligó a amputar.
El Cuerpo como Frontera
Un punto de fricción constante es la disforia de especie. Muchos therians reportan una desconexión angustiante entre su cuerpo humano y su identidad animal. Aquí, el análisis debe ser cuidadoso para no caer en el reduccionismo clínico. Si entendemos el cuerpo no solo como biología, sino como un territorio político (como propondría Michel Foucault), la theriantropía se convierte en una forma de resistencia contra la norma corporal.
Si el sistema nos exige ser productores y consumidores eficientes, identificarse como un ciervo o un cuervo es una ruptura radical con la utilidad productiva. Es, quizás, la última frontera de la libertad personal: el derecho a definir la propia esencia más allá de la genética.
Conclusión: Un Espejo de Nuestra Época
La tribu urbana de los therians no es un error de la modernidad, sino su espejo. Representa la nostalgia por una conexión perdida con lo natural, procesada a través del filtro de la era digital. Al comparar este movimiento con el totemismo, vemos que el impulso humano de buscar guías y espejos en el reino animal es inmarcesible.
Lo que cambia es el contexto. Mientras que el hombre primitivo miraba al animal para entender su comunidad, el joven del siglo XXI mira al animal para entenderse a sí mismo en medio del ruido digital. Como sociedad, la respuesta no debería ser la burla, sino la curiosidad crítica: ¿Qué hemos perdido en nuestra humanidad que nos obliga a buscar respuestas en la piel de otras especies?
Al final del día, quizá todos somos un poco “tótems” de nosotros mismos, buscando en el mundo exterior una forma de dar sentido al caos que llevamos dentro.
Una nota de cristal de: Holbein Giraldo Paredes. Docente investigador. Universidad del Valle seccional Palmira y Universidad Libre seccional Cali.
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